A veces la vida

images A veces la vida te juega un poco sucio justo como menos te lo esperas. Un día te sientes en las nubes, flotando entre sueños y pequeños corazones rosados sin importarte lo cursi que pueda ser y después la nada; ese vacío que te revuelve las entrañas y desgarra tus ojos para hacer brotar las lágrimas, esas que tantas veces te dijiste que no volverías a derramar. Es entonces cuando sacas fuerzas y te mientes diciéndote que mereces algo mejor, cuando sabes que lo único mejor para ti es eso que amas por muy raro, doloroso y duro que sea. A veces la vida te juega un poco sucio y tú te dedicas a remendarle los rotos al corazón.

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La distancia entre una parada y el beso

62477034_1281281331_f_18716135El sol rajaba las piedras y hasta la cabeza más dura que se le ocurriese asomarse a la calle, no por gusto el abuelo siempre decía que esa era la hora en que ni el perro seguía al amo; pero eso a él no le importaba porque tenía un objetivo.

Bajó las escaleras y se dirigió hasta la parada más cercana, – el último- dijo en voz alta pero nadie le dio respuesta. Siempre le pasaba lo mismo, era el único come mierda que a estas alturas pedía último y hacía cola, o al menos el intento. Tomó un poco de aire y repitió – caballero quién es el último- y de nuevo el silencio. Además del calor del mediodía sintió que la sangre le empezaba a hervir porque es verdad que no es fácil que después que uno llegue más o menos temprano, aparezca un gracioso con habilidades de contorsionista a meterse delante o que cuando ya estés subiendo, tan apretado como la croqueta criolla en el pan, venga el chofer y te cierre la puerta entre ceja y ceja. Entre sus pensamientos y la gente llegó la guagua.

-Ño una Diana, le zumba el mango pero es la única que pasa para esa zona a estas horas, hay que montarse a lo que sea- y con la jaba en el hombro arremetió entre una gorda y la muchacha que hace solo instantes le pasaba “inspección” averiguando si era o no era. Ya en la guagua, sin necesidad de sujetarse por el contacto entre left y center puso su mente a volar, cualquiera pensaría que es un privilegio que por solo un peso puedas poner tu mente a volar, pero a él no le quedaba otra opción, era la única manera de aguantar esa olla de presión humana. Recordó la noche en que se conocieron, los primeros besos, el escándalo que le dieron en su centro de trabajo los padres al comienzo del romance porque no aceptaban lo suyo, la felicidad de estar juntos, la mudanza y el rechazo, lo jodida que puede ser la vida y la gente. Tres, dos, una parada y llegó a su destino.

Lo bajaron a empujones de la Diana y empezó a caminar con la camisa empapada en sudor, llena de olores ajenos: Nao, Amore, Siete Potencias y hasta el traído “de afuera” quedó prendido entre los cuadros. Cruza la portería de acceso y pregunta por Jony, – sí Jony el nuevo que entró de la previa-. El guardia lo mira con cara de pocos amigos y llama por el teléfono. El sigue de pie con la jaba en manos y el corazón apretado. A lo lejos ve la silueta, corre un poco hasta encontrarlo y se dan la mano. Está prohibido cualquier contacto íntimo. Se sientan en la sombra del parque y los ojos hablan por si solos. -Oye como te tardaste llevo la mañana completa esperándote- y con la voz se secan la camisa, los labios y se ponen duros hasta los sentimientos. -El transporte que está en candela- le susurra y lo mira, es entonces cuando pone la mente y el cuerpo a volar sin necesidad de dar ni un solo peso.

Letras de amor: madre

IMAG0145Se acerca el día de las madres y no quisiera dejar de escribir algo pero se torna muy difícil convertir en letras esos sentimientos que van flotando por el cuerpo y que tienden a colarse, como en puntillas al corazón.

Dicen que los niños, cuando aprenden a hablar tienden a decir papá primero por lo fácil que resulta la colocación, alegan los especialistas en el tema, de verdad yo no me acuerdo y seguro la mayoría de ustedes tampoco lo hacen, solo nos dejamos llevar por esas historias y por el apego, porque al final nos da lo mismo que diga pama que mapa. En mi caso, creo que dije primero mamá.

Todavía no tengo hijos y confieso que a veces siento que se me está pasando el arroz como dice una frase que he escuchado decir mucho, pero imagino que desde el instante en que sabes que llevas algo dentro de ti te cambia la vida por completo.

Sé que dan deseos de vomitar, que engordas, que salen estrías y que el humor se pone tremendo por los cambios hormonales, pero también sé que nada se compara con los primeros movimientos, con la incógnita de qué sexo va a tener, con el amor que se siente por esa personita que no vas a conocer hasta 9 meses después.

Aunque por lo general se planifica cuándo se va a ser mamá y en ocasiones llega sin esperarlo, cuando esto ocurre los pelos se ponen de punta con la incertidumbre de qué va a pasar. Creo que con miedo o sin él, la experiencia de ser madre o futura madre es una bendición, no me agrada eso de que “madre es una sola y padre cualquiera” pero el hecho alimentar con tu sangre y tu vida a un hijo solo es experimentado por las que tenemos la dicha de ser mujeres.

Para quienes tenemos junto a nosotras a nuestras madres queridas nos queda la paz que solo ofrece su regazo, la sonrisa, el regaño oportuno, la confianza y el consejo certero. Los que sufren la distancia de esos ángeles se reconfortan de haber hecho todo por ellas en la vida y les quedan los recuerdos de los cuentos al dormir, las canciones al compás del viejo radio, el eco de la risa en la mañana y el beso en la frente.

Faltan solo horas para el día de las madres, una excusa para gritar a viva voz que ellas lo son todo: las madres, las abuelas, las tías, las que se sienten así de todo corazón. Yo solo quiero acostarme a su lado, envolverla entre mis brazos y besarla mucho, para no dejarla escapar jamás y susurrarle al oído un: TE AMO MAMITA.

P-A-P-I no son solo cuatro letras…

ImagenSiempre me he preguntado que sentiría si en mi niñez hubiese compartido cada instante con mi padre y no niego que, después de muchas lágrimas acabo por entender que la vida no es siempre como uno la quiere y menos como la pintan los cuentos de hadas.

Mi madre y mi padre rompieron relaciones bilaterales, como se diría en términos inter-gubernamentales, cuando yo tenía solo dos añitos y fue entonces cuando inició esta peripecia que conduce a quien soy hoy.

Desde Mayarí (el de Holguín o Abajo como también se le llama) vino mi madre cargando con nuestros bultos y su ventilador Aurica, artefacto ruso de probada resistencia a las cortinas, golpes extremos y a problemas de “descocotamiento” (generalmente solucionado con un alhambre) como lo definiera mi abuela Migdalia. La misma que nos acogió en su casa y aguantó penas, sudor y lágrimas con su hija recién divorciada y una niña pequeña en pleno Período Especial.

Para no desviarme del tema… después de la ruptura comenzaron las visitas de mi progenitor, inicialmente doble intencionada y en afán de Alejandro Magno en reconquista.  Fue hasta un día que, sin yo saber por qué, pasamos a la modalidad visita programada.

Después de la fatídica jornada no volvieron a llegar tan frecuentemente los cakes de la dulcería de al lado de la casa de abuela en Mayarí y las recurrentes visitas paternas se vieron distanciadas en el tiempo. Nada de esto quiere decir que mi papi sea un mal ejemplo, yo atribuyo todo a las furias juveniles y a los amores inconclusos, pero eso es otra historia.

Fue así que crecí entre Holguín y “ese valle florido” que tararea la canción, viajando en vacaciones para el este y conviviendo entre primos, historias y una penita que aunque imperceptible se sentía con más fuerza cuando en la escuela había reunión de padres, para mí: de madres. Aunque tampoco puedo negar que una brisa fresca soplaba en mi niñez por el afecto de dos familias numerosas y que a mi madre le sobraban las fuerzas para asumir ambos roles.

Por cosas del destino obtuve dos padres, el biológico y uno postizo “de los que ya no vienen” que fueron testigos de mi transito hasta hoy. Al primero le debo la vida, al otro el tamaño que tengo como decimos en buen cubano; pero entre los dos quedó una esquina vacía, de esas que solo se llenan con la sonrisa, la mano que acaricia el golpe, el cuento antes de dormir, el desvelo cuando se está enfermo o simplemente, cuando la niña deja serlo.

No sé que mosca o aedes aegyptis me habrá picado; será la cercanía del tercer domingo de junio que saca lágrimas a unos y sonrisas a otros lo que me despierta esa añoranza alegre-triste por aquellos años. Creo, la misma añoranza que palpita en mi pecho y lleva un nombre de 4 letras.