Olor a sal y a Festival

380581_464345053576036_1216823927_nCuando recuerdo aquellos días de universidad regresa a mí el olor a sal, el calor humano y el paisaje inolvidable de Gibara. Nunca pensé que marcarían tanto mi vida las experiencias compartidas con mis compañeros de la carrera de Periodismo y nuestras aventuras por cuanto suceso cultural aconteciera en el oriente cubano, pero específicamente son imperecederos los días en la Villa Blanca y su fiebre de cine.
Desde el año 2006 comencé a asistir al Festival Internacional de Cine Pobre, una suerte de evento que hacía y aún hace cómplices a los que aman el séptimo arte hecho con pocos recursos materiales y talento de sobra. Fue así que unos casi adolescentes pudimos compartir gustos, conocer a pie y sin protocolos a algunos de los mejores actores del cine cubano y un Humberto Solás tan humano y cálido como la propia ciudad de la que se enamorara hace mucho tiempo atrás.images
La Cueva de los panaderos, la Batería Fernando VII, la arena de la playa y la noche misma fueron testigos de jornadas de aprendizaje y confraternización entre personas y personajes también, como la de los performances, de toda Cuba y el mundo. Las calles rectas, el malecón, el pino de la punta y las esquinas guardan tantas historias que no cabrían en ninguna película, ni aunque esta durara más que la saga del Señor de los Anillos.
Han transcurrido varios años desde el primer encuentro con el Cine Pobre, ya Solás no está y muchas cosas han cambiado desde entonces. Sin embargo, en cada visita a Gibara se hace obligatorio rememorar, con los ojos llenos de lágrimas y sal aquellos días de universidad y a las amistades que se hicieron eternas con el refresco de tamarindo, el insomnio, las películas y el mar. Un mar que para mí se hace infinito en cada Abril.

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Olor añejo a Romerías

1.1

La vigésima edición de las Romerías de mayo recién acaba de concluir y tras su paso deja el inconfundible rastro de días de fiesta, encuentros, alegría y hermandad.
Ahora las calles de Holguín parecen más solas y se extrañan a los honguitos del parque, a las estatuas vivientes, a la gente que llega de todas partes de mundo y de cualquier provincia de Cuba para enamorarse, en repetidas ocasiones de “la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”.1.2
Sin embargo aún perdura en el aire cierto olor añejo, un olor que solo reconocen aquellos que amanecen romeriando y que año tras año se vuelve más intenso.
Por eso y para los que tienen el mejor de los olfatos, las Romerías nunca acaban, solo se alejan en el tiempo hasta que en Mayo, vuelven como un torrente imparable, a inundar con su aroma de juventud y esperanza cada pedazo de esta tierra.