El mejor hombre del mundo

Imagen“Oiga no me discuta que padre es cualquiera…” me dijo aquella tarde mientras estábamos sentados en el portal. Yo lo miraba al rostro y no acababa de comprender cómo podía pensar de tal modo. Es que para mí, sinceramente, ser padre no lo determina solo el factor genético, innegable por naturaleza, tal condición se gana a fuerza de entrega, amor incondicional, de una devoción cómplice que solo saben padres e hijos.

Yo lo miraba y veía mover sus labios, distantes, como en cámara lenta y mientras me perdía entre recuerdos de una infancia incomparable: los primeros pasos que di agarrada de la mano de papi, las “casitas” de juguete hechas a puro ingenio, los sueños compartidos de la adolescencia, la escuela e incluso aquella primera palabra que no recuerdo haber pronunciado pero que todos me aseguran fue: Papá.

Sigo flotando entre pensamientos. Un, dos… esos son los días que faltan para el tercer domingo de junio y casi no aguanto las ganas de correr y agarrarme de su cuello como si fuese una niña grande, darle un beso enorme en la frente, cubierta por las canas y decirle bajito al oído ¡Felicidades papito!Imagen

¿Por qué será ese el día dedicado a agasajar a los padres? Creo que en Cuba se celebró por primera vez el 19 de junio de 1938 aunque en verdad para mí, cualquier día resulta excelente para regalar mil te quiero, hacer una broma y agradecer, sobre todo por tantos años de entrega junto a mamá.

Entonces lo interrumpo. Mire a mí no me diga esas cosas y el ceño fruncido delata mi molestia, recapacito y repito con voz edulcorada. Mire por favor, esa puede que sea su experiencia pero como hay malos padres también los hay excelentes, así que si no quiere escuchar historias similares a la suya trate de ser, en un futuro, uno de los “buenos ejemplos”.

En ese instante, como por casualidad, suena en la radio un viejo tema del argentino Piero: “mi querido, mi viejo, mi amigo…” y veo acercarse desde lo lejos al hombre más importante del mundo: mi padre.

 

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P-A-P-I no son solo cuatro letras…

ImagenSiempre me he preguntado que sentiría si en mi niñez hubiese compartido cada instante con mi padre y no niego que, después de muchas lágrimas acabo por entender que la vida no es siempre como uno la quiere y menos como la pintan los cuentos de hadas.

Mi madre y mi padre rompieron relaciones bilaterales, como se diría en términos inter-gubernamentales, cuando yo tenía solo dos añitos y fue entonces cuando inició esta peripecia que conduce a quien soy hoy.

Desde Mayarí (el de Holguín o Abajo como también se le llama) vino mi madre cargando con nuestros bultos y su ventilador Aurica, artefacto ruso de probada resistencia a las cortinas, golpes extremos y a problemas de “descocotamiento” (generalmente solucionado con un alhambre) como lo definiera mi abuela Migdalia. La misma que nos acogió en su casa y aguantó penas, sudor y lágrimas con su hija recién divorciada y una niña pequeña en pleno Período Especial.

Para no desviarme del tema… después de la ruptura comenzaron las visitas de mi progenitor, inicialmente doble intencionada y en afán de Alejandro Magno en reconquista.  Fue hasta un día que, sin yo saber por qué, pasamos a la modalidad visita programada.

Después de la fatídica jornada no volvieron a llegar tan frecuentemente los cakes de la dulcería de al lado de la casa de abuela en Mayarí y las recurrentes visitas paternas se vieron distanciadas en el tiempo. Nada de esto quiere decir que mi papi sea un mal ejemplo, yo atribuyo todo a las furias juveniles y a los amores inconclusos, pero eso es otra historia.

Fue así que crecí entre Holguín y “ese valle florido” que tararea la canción, viajando en vacaciones para el este y conviviendo entre primos, historias y una penita que aunque imperceptible se sentía con más fuerza cuando en la escuela había reunión de padres, para mí: de madres. Aunque tampoco puedo negar que una brisa fresca soplaba en mi niñez por el afecto de dos familias numerosas y que a mi madre le sobraban las fuerzas para asumir ambos roles.

Por cosas del destino obtuve dos padres, el biológico y uno postizo “de los que ya no vienen” que fueron testigos de mi transito hasta hoy. Al primero le debo la vida, al otro el tamaño que tengo como decimos en buen cubano; pero entre los dos quedó una esquina vacía, de esas que solo se llenan con la sonrisa, la mano que acaricia el golpe, el cuento antes de dormir, el desvelo cuando se está enfermo o simplemente, cuando la niña deja serlo.

No sé que mosca o aedes aegyptis me habrá picado; será la cercanía del tercer domingo de junio que saca lágrimas a unos y sonrisas a otros lo que me despierta esa añoranza alegre-triste por aquellos años. Creo, la misma añoranza que palpita en mi pecho y lleva un nombre de 4 letras.